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jueves, 15 de septiembre de 2016

A por la enfermera!


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Llevo 17 años trabajando en hospital. Casi siempre en Medicina Interna. Los últimos cuatro años con una reducción de jornada para poder cuidar de mis niños. Me gusta mi trabajo y siempre he disfrutado con ello. Soy interina y una de las 20.000 afectadas por la suspensión de la Ope de CyL.

Hace unos años cambió la Dirección de Enfermería. Y desde entonces, han ido sustituyendo a las Supervisoras. La mía lleva poco, y todas las nuevas tienen la misma política, exigida por la Dirección:

“aprieta al personal, que necesitan mano dura y que les metan en cintura”.



Desde entonces, el trabajo es un infierno.
A destajo, sin descanso.
Si te pillan sentada ya te están abroncando.
No puedes olvidarte de nada.


El otro día me llamó la super. Ya de malos modos.
.- Oye tu, ven para acá.
Y fui, porque aquí impera la ley del miedo. Y acabé llorando. No me preguntó mi versión. No me llamó para saber más, sino para acusarme directamente de no haber administrado un tratamiento porque observó que yo no lo había registrado y “lo que no está escrito, no está hecho”. Incluso trató de aterrorizarme con terribles consecuencias por mis supuestos actos.
Entre lágrimas y sollozos le juré que había administrado el fármaco, pero que cuando lo puse, noté que el paciente no se encontraba bien y me lié tomándole la tensión, la saturación y la temperatura. Que estuve un rato hablando con él y que luego registré todo en la historia. Bueno, solo el episodio, que con la carga de trabajo que llevo, olvidé firmar que había puesto el tratamiento. Parece que ahora, todo es imperdonable.
Unos días más tarde, comprobé que uno de mis pacientes, recientemente trasplantado de corazón, presentó síntomas de taquicardia. Como tenía pautado ventolín en aerosol y este tratamiento da taquicardia, decidí no administrarlo. Lo registré convenientemente y lo notifiqué a su médico. Mi super casi me devora. Mis compañeras me miraron como si yo estuviera infectada por ébola. Cuando el paciente acabó en la uci por la taquicardia, nadie me agradeció nada ni me pidieron disculpas . Si le hubiera administrado el fármaco, quizá no lo hubiera contado. Sin embargo, no me tomaron en serio, me miraban como si me hubiera salvado la suerte.
Incidentes como este, mellan la seguridad profesional. Sientes que nadie va a apoyarte si algo pasa. Estás sola. Ni tus compañeros hacen piña ya. Da miedo tomar decisiones, o no tomarlas, ya no sabe una qué hacer.



https://pixabay.com/es/chica-ni%C3%B1o-cara-toallas-639316/
Derechos de imagen: pixabay.com
Una mañana entró en la zona del control un especialista para usar el baño. Cuando salió me pidió una toalla. Como yo estaba muy liada poniendo la medicación, le indiqué con educación que la cogiera del carro de la ropa, que estaba en el pasillo. El galeno fue por ella sin un signo de haberse molestado, pero tras él entró la super y…¡CASI ME COME!.
.- Pero ¿tú quién te has creído que eres? Si te pide un médico una toalla, la traes tu, no le mandas a por ella.
Y se me ocurre que podía haberle pedido que preparara él los tratamientos mientras yo iba a por la toalla, el café y un abanico. Pero para tener conforme a la supervisora, porque el facultativo, me consta,  no se quejó en ningún momento.


Días más tarde tuvimos un paciente con fuertes jaquecas. El día del ingreso no tenía tratamiento para ello. Cuando me llamó al timbre y me lo explicó, quise ayudarle. Total, llevaba tiempo tomando ibuprofeno en su casa, le iba bien y necesitaba uno. ¡Un ibuprofeno!, que se lo compra él sin receta en cualquier farmacia. Pero está en el hospital y con otras patologías. No lo tiene pautado y ya me estoy temiendo que me la voy a ganar, pase lo que pase.
Llamo a su médico. Me cuenta que va a entrar en quirófano y no puede subir a pautarlo, que se lo vaya dando. Mi compañera me dice que ni se me ocurra, que ahora me pueden empapelar por una cosa así y que la super me está buscando las vueltas. Y yo, con miedo. ¿Qué hago? es que no le puedo dejar así, en un ¡AY! y viendo que como profesional, voy a quedar fatal delante del paciente. Pero él es lo primero. Aunque el sueldo que da de comer a mis hijos, la profesión que me convierte en una mujer independiente….también son importantes. ¿Qué hago???
Voy a la habitación.
.- No tiene usted prescrito en el tratamiento ningún analgésico. He llamado al médico y está ocupado,  tardará en subir. Pero legalmente, no puedo administrarlo hasta que no venga y se lo paute. No puedo dárselo.
.- Me he traido algunos de casa. ¿puedo tomar uno de los míos? .- pregunta
.- Haga lo que le parezca mejor. Yo haría lo mismo.- respondo.


El caso es que, haga lo que haga, decida lo que decida, ya tengo un nudo en la garganta porque seguro, seguro, que volveré a escuchar el tan temido
.- Oye tu! ¡Ven para acá un momento!
Y ¿Qué han conseguido?.
     He perdido el gusto por el trabajo. Acabo derrotada, deprimida y asustada, haciendo un balance angustiado de todo lo que he podido hacer bien o mal, durante la jornada.


    He estado muy tensa y quizá consecuencia de ello, hubo un día que me encontraba especialmente mal. Me dolía la cabeza y me sentía mareada. Estaba de noche y me costaba concentrarme. Aguantaba y aguantaba, pero no estaba en condiciones de trabajar. Mucho menos según están las cosas. Al salir, decidí acudir al Centro de Salud, al Servicio de Urgencias, para que me dieran algo. Allí me atendieron bien. La doctora que me trató me aconsejó que acudiera a mi médico de cabecera, que tras valorarme, decidió darme la baja.


Llevo cinco años con reducción de jornada. Hago la mitad de horas y percibo la mitad del sueldo, pero trabajo jornadas enteras, de 8 a 3, de 3 a 22 y de 22 a 8. Si cojo una baja, me descuentan en nómina (razón por la que uno solo coge la baja cuando toca trabajar y no puedes porque estás enfermo y no cuando estás de descanso). Pues cuando cogí el alta descubrí
¿¿¿QUE DEBÍA HORAS????
Sí, debía jornada y tendría que recuperarla al incorporarme. ¿por qué? Fácil. Trabajo jornadas enteras, pero si estoy enferma, me cuentan como reducidas.
Esto va pareciendo una persecución en toda regla. Resulta que si enfermo, me descuentan nómina y además, cuando me repongo, tengo que recuperar la mitad de lo no trabajado.


Al final quedan: la satisfacción cuando sabes que con tu trabajo has contribuido a la mejora y bienestar de algún paciente o su familia, la vocación y la ilusión por la profesión, la seguridad de ser útil e independiente, el apoyo incondicional de la familia y de los verdaderos amigos  y ser capaz de sacar adelante a tu familia.
Aunque te lo pongan muy, pero que muy difícil.

 

jueves, 1 de septiembre de 2016

Escuchar, observar, comprender…



No soy profesional del ámbito sanitario, pero mi bagaje vital me ha llevado a entrar en contacto durante años con los profesionales que en este campo desarrollan su trabajo.

Es obvia la diferencia entre estar trabajando en un Hospital, Centro de Salud… que estar acompañando a un familiar enfermo, con todo lo que ello implica y sin delegar responsabilidades hacia la persona trabajadora. Algo tenemos todos en común, y es que deseamos lo mejor para el paciente, seamos o no parte del engranaje sanitario.

Durante este tiempo de contacto con el sistema sanitario, me he encontrado un amplio espectro de personas. No siempre puedes ver lo que pasa a tu alrededor, es con el tiempo cuando haces el ejercicio añadido de observar cómo es la vida dentro del lugar en el que estás y donde te ha tocado convivir; qué hacen, qué dicen, cómo se comportan, cómo reaccionan frente a los dramas que suceden a su alrededor...
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http://nebula.wsimg.com/

Como se pueden imaginar, dentro de esta amalgama de personas se ven diversas formas de comportamientos y también de expresiones. En lo tocante al personal sanitario responden al desarrollo diario de un trabajo complicado, duro, en ocasiones pagado con desprecios, malos modos y exigencias desafortunadas. Porque un trabajo que suponga contacto directo con personas es siempre difícil y en ocasiones frustrante.

Lo que más he echado en falta es la escasa capacidad de escucha que tenemos los seres humanos, la falta de empatía y el poco cuidado con que, a veces, se dicen palabras y frases que en un momento dado pueden sumirte en el más absoluto desaliento, en vez de apaciguar o levantar el ánimo.

           “No lloren aquí, que estamos trabajando”.

           “¿Traes al paciente para quedarlo aquí e irte de puente?”

           “Total, no le quedará más de un año…”

           “No te preocupes esto se pasa”

           “No cruces las piernas es malo para la circulación”

           “No estés todo el tiempo de pie, porque no llegas a la noche”…

           “Date un paseo que no se va a ir corriendo de la cama”

Juzguen si vale la pena escuchar, observar y comprender lo que se dice en determinado momento, piensen en ponerse en lugar del paciente y su familia. ¿Qué les gustaría oír? y sin embargo ¿qué es lo que se suele decir?.
Gracias a todos los que han dicho frases afortunadas y no tan afortunadas, porque de todo se aprende, pero sobre todo gracias a los que se pararon a escuchar, miraron a los ojos e incluso tocaron. Con buena intención y un poco de paciencia, se pueden abrir las puertas del cielo, para abrir las del infierno no hay que esmerarse demasiado.    

Este artículo está escrito por Vacceo. Otros artículos suyos en este blog: Cambio de rol ¿Cambio yo?
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