ShareThis

lunes, 6 de mayo de 2013

¿Y TU? ¿CÓMO DAS LAS PASTILLAS?

      Cuando inicia su turno y tras coger el cambio, prepara la medicación de sus pacientes. Una vez lo tiene todo listo, la reparte.
      Va habitación por habitación y paciente por paciente. Primero, saluda a cada uno por su nombre de pila.  Eso le ayuda a recordarlos, a reconocerlos y memorizarlos. Ellos se sienten importantes, más seguros, mejor atendidos.
      .- ¡Aquí tiene sus pastillas Santiago!.- dice. Y le cuenta lo que le da, cómo se llama, para qué está indicado y cómo debe tomarlo.
      .- La pastillita beige pequeña, la que pone omeprazol, es el protector gástrico. Recuerde que debe tomarla en ayunas 30 minutos antes del desayuno. La gruesa y blanca es ibuprofeno, el antiinflamatorio. Es mejor que la tome después, cuando tenga algo en el estómago....

      Todas estas indicaciones a Rosa le parece que le permiten cumplir varios objetivos:
.- Prevenir errores:  Si ha habido cambios en el tratamiento y por alguna incidencia no se han transmitido correctamente, Rosa tendrá ocasión de subsanarlo a tiempo. Si al paciente le resulta nueva, se lo comentará o le pondrá pegas.
.- Afianzar sus conocimientos en farmacología. En aquellos tratamientos más habituales, indicaciones y particularidades.
.- Y lo más importante: El día del alta, cuando el paciente regrese a casa, lo hará con un conocimiento y un entrenamiento en el manejo de su propio tratamiento farmacológico. A criterio de Rosa, será un paciente más autónomo.

VEAMOS:
      Rosa acude a su jornada de trabajo como siempre. Realiza con impecable eficiencia cada una de sus tareas. Prepara los tratamientos de todos sus pacientes. Los comprueba y administra con gran precisión y seguridad. Así lo hace ella y el resto de enfermeras de la planta.
      El día que al paciente le dan el alta, recibe de su médico un informe con el listado de fármacos que debe seguir tomando. A nuestro paciente le suena tan a chino, que, o bien pregunta al médico de cabecera en cuanto vaya a por recetas, o bien prueba suerte con la enfermera del centro de Salud o cruza los dedos, esperando que al menos, se lo explique su farmacéutico. Eso si no calla, baja la cabeza y se toma lo que le dicen sin preguntar ni replicar.


Y AHORA ¿QUÉ OPINAS?
      ¿Qué situación es la real? ¿Cuál es la que se debería dar? ¿Es nuestra labor educar al paciente en el manejo de su tratamiento? ¿O como yo no prescribo no tengo por qué informar ni educar sobre ello?

jueves, 4 de abril de 2013

LO QUE NO ESTÁ ESCRITO, NO ESTÁ HECHO!!!

                Berta es enfermera desde hace diez años. Trabaja en urgencias desde hace dos. Hoy es un día muy, muy ajetreado y apenas le da tiempo a hacer todo el trabajo. Sabe que cuando se vaya a casa lo hará con la sensación de no haber tenido tiempo de mirar a los ojos a nadie.
               A medio turno ingresa Pilar. Es una mujer joven, de treinta y tantos años. Diabética, con un diagnóstico de malestar, sudoración, palidez, temblor. El médico que le ve la envía enseguida a hospitalización, el área al que está asignada Berta. Allí esperará bajo observación, el resultado de pruebas, análisis y respuesta al tratamiento.
http://todaslasartes-argentina.blogspot.com.es/2012_05_01_archive.html

                Pilar es una paciente depresiva, apenas habla, está metida en sí misma y no quiere saber nada del mundo. No tiene acompañantes, está sola y rechaza el contacto humano. Berta inicia el tratamiento prescrito por el médico y continúa su trabajo atendiendo a otros pacientes.
                Pilar no mejora, pero Berta tampoco observa demasiados cambios en su estado. Eso hasta que llega la hermana de la paciente y le permiten verla.
                Enseguida se acerca al personal, contrariada, nerviosa:
.- ¿Qué le pasa a mi hermana? ¿Desde cuándo está así? ¿Qué le han dado? ¿Qué le han hecho? No responde, no me habla, por favor, ¿Es que no van a hacer nada?
Berta avisa al médico responsable. Mientras llega, vuelve a tomar la tensión de la paciente, la glucemia sigue alta pero no observa ningún cambio. Pilar está como cuando entró, salvo quizá, menos reactiva y más dormida.
                Cuando llega el facultativo, y ante la alarma del familiar, ingresan a la paciente en la UCI para realizarle nuevas pruebas.
https://www.google.es/url?sa=i&rct=j&q=&esrc=s&source=images&cd=&cad=rja&docid=yZOcim4w0BrqMM&tbnid=97T4mqjY28N9NM:&ved=0CAQQjB0&url=http%3A%2F%2Fmijardindepoemas.blogspot.com%2F2011%2F11%2Fsueno-de-papel.html&ei=TdtdUcngLIK30QXOvID4Dw&bvm=bv.44770516,d.ZG4&psig=AFQjCNHX4lSyEqGPv2UL7PZBiVUlEdwwmQ&ust=1365191845622231

En cuestión de horas, fallece.
La familia pide que se investigue.
Berta recibe una notificación de la dirección. Le solicitan que narre los hechos tal y como los vivió. Que dé su propia versión. Berta recuerda, horrorizada, que no escribió casi nada en la historia de la paciente. La falta de tiempo, el trabajo que tenía, ella decidió que registrar no era prioritario. Ante ella, un futuro incierto. Días de arrepentimiento, de duda, de inquietud. Un desenlace fatal quizá.

¿Cuántos profesionales de enfermería  piensan también que registrar no es prioritario?

domingo, 10 de febrero de 2013

ESTOY SOLA Y SE AHOGA!!!


Trabajo en un centro de salud de urgencias rural. Cubrimos la asistencia de 3 pueblos y dos aldeas. Es sábado por la tarde y hay un aviso a domicilio. Es imprescindible que acuda el facultativo, así que me quedo al cargo del centro. Nos parece peligroso colgar el cartelito de “estamos en un aviso”, por lo que pudiera pasar.

No hace mucho que el médico se fue y tengo la primera urgencia. Un hombre de cuarenta y tantos años llega en muy mal estado. Apenas respira. Con gran trabajo costal trata inútilmente de introducir aire en sus pulmones. Su piel está muy pálida, a pesar de las marcas rojas que aparecen por su cara y sus brazos. Parece una urticaria. Tiene los labios morados y las uñas oscuras. Casi no se tiene en pie. Dos compañeros lo cargan a cuestas.
.- ¡No sabemos qué ha sucedido!, cuenta uno de ellos.- Estábamos dando un paseo por el jaral, empezó a sentirse mal, se quejó de picores por todo el cuerpo.  Luego empezó a tener dificultad para respirar y apenas podía hablar. Le hemos traído lo más rápido que hemos podido.-
El hombre está muy inquieto. Parece que su vida corre un serio peligro. Indico a sus acompañantes que avisen al 112. Le tumbamos en una camilla, le pongo oxígeno en mascarilla, pregunto si tiene alguna enfermedad, si es alérgico a algo y le administro una ampolla de adrenalina intramuscular. Está hipotenso, cojo una vía venosa , coloco un suero y comienzo a administrarle corticoides y antihistamínicos intravenosos. Lo tengo todo preparado por si entrara en parada cardiorespiratoria. El paciente está desorientado, mareado y confuso.
Poco a poco el paciente mejora, presenta menor dificultad respiratoria y mejor color, recupera tensión y comienza a relajarse. Cuando llega el médico la situación está bastante controlada. Terminamos de estabilizar al paciente y lo enviamos al hospital más cercano en una ambulancia medicalizada. Días más tarde acudirá al centro agradecido, a saludarnos.

Como enfermera no puedo prescribir ni administrar tratamientos sin orden facultativa. Con mis conocimientos universitarios y mi experiencia, creo saber qué debo hacer para evitar la muerte inminente del paciente. Como el facultativo tiene confianza en mi trabajo y mi profesionalidad, no tuve problemas. ¿Actué como debía?

miércoles, 21 de noviembre de 2012

PARTO A DOMICILIO???

Anécdota cedida por S.L.L. enfermero, compañero y amigo.

      Llevábamos ya una tarde movidita de avisos. Estaba siendo una guardia entretenida en el Centro de Salud. Eran casi las diez de la noche, así que decidí cenar algo. Por lo que pudiera pasar…

.- ¡No empieces! ¡Déjalo para luego!.- me advierte mi compañero.- ¡Hay un nuevo aviso y es urgente!! Tenemos que atender un parto en el edificio de al lado. Es un aviso del 112. Ellos tardarán un poco. A nosotros nos pilla cerca y nos piden que acudamos hasta que lleguen.

.- ¡Es coña! ¿Estás de broma?


.- No, no!, no es broma. Agarra los maletines que ya es tarde.

      Dejé todo. Cogí el material y salimos pitando. No tardamos nada. El domicilio estaba justo al lado. La familia nos recibe ansiosa. Nos abre la puerta una mujer de mediana edad. Nerviosa, alterada, casi histérica.

.- ¡Por aquí!, ¡Por aquí! ¡Que no llegan!

      Nos guía por un estrecho pasillo hasta un minúsculo baño. Allí encontramos a una joven de unos veintitantos años sentada en el inodoro. Y con un recién nacido en brazos, envuelto en una toalla de manos. El cordón umbilical está sin cortar. La mujer aún en pleno alumbramiento. Con las últimas contracciones. El cordón aún conectado a la placenta y esta en su interior. Un escaso metro cuadrado entre las piernas de la joven y el pié del lavabo. Cuidado de no golpearnos la cabeza. Por supuesto, si entra uno no entra el otro y si metemos el maletín, pues no entramos ninguno de los dos.

.- ¡Pero chiquilla! ¿Cómo se te ha ocurrido tenerlo en el baño¿ ¿Cómo es que has tardado tanto en avisar?

      El bebé está vivo, buena coloración, respira con normalidad, es fuerte y tiene un peso a término. Los ojos abiertos, reactivo. La valoración es buena. El alumbramiento sin problemas. Cortamos el cordón sin incidencias.
El 112 no tarda en llegar y aquello se convierte en aquella película de los hermanos Marx: “El camarote”.
En todo momento la joven niega el embarazo. Afirma con vehemencia que no estaba embarazada. Que no sabe cómo ha ocurrido todo. Que ha tenido la regla todos los meses con normalidad. Que fue al baño pensando en su intestino y que cuando notó cómo salía el niño lo recogió y lo arropó con la toalla.
Y lo mejor de todo: Esta mujer vive con sus padres, su marido y su primer hijo. Está casada y este era su segundo embarazo.

jueves, 26 de julio de 2012

¡PÉRDIDA DE MASA ENCEFÁLICA!


Anécdota cedida por R.P.G. Enfemera del 112.

      Soy enfermera del 112. Aquel día recibimos un aviso urgente. Nos advierten que llevemos de todo y nos preparemos para lo peor. Ha habido un accidente de tráfico. Una mujer mayor ha sido atropellada y presenta pérdida de masa encefálica.
     
       Llegamos. Efectivamente, ha habido un atropello. En medio de la calzada una mujer yace tumbada, consciente, orientada y además muy asustada. Presenta heridas sangrantes por abrasión en cara, manos y rodillas. Constantes estables, respira con normalidad. Mantiene una conversación, aunque hay que hablarle alto para que nos entienda. Se observa hipoacusia.
      Ha sido atropellada al cruzar la calle indebidamente. El conductor está presente, alarmado, solícito, insistente:
.- No la ví venir, se me echó encima, yo iba despacio, ¿está bien? ¿Puedo ayudar? ¿Se pondrá bien?
Procuramos tranquilizarle; a él y a la veintena de personas curiosas que se agolpan alrededor de la herida.
.- Por favor, ¡apártense!. ¡Déjennos actuar!.
      Aplicamos el protocolo; inmovilizamos el cuello, protegemos su columna, canalizamos vía venosa, etc.
      Comprobamos que la víctima presenta múltiples magulladuras y un golpe en el lado derecho de la cara que sangra. La sangre se extiende hasta la oreja y, efectivamente, presenta algo extraño y sanguinolento saliendo por el oído derecho.
.- ¿Es cerebro? .- pregunta curioso un transeúnte.
.- Eso es grave seguro!.- comenta otro curioso.
La mujer, tendida en el suelo, nos mira asustada, a pesar de que tratamos de tranquilizarla. Y es que desde el suelo, inmovilizada, debe tener una visión de la situación bastante alarmante.
.-¿Qué me pasa? ¿Me pondré bien?
      Tras un rápido examen verificamos que, aparentemente, no tiene nada roto. Sus constantes son estables.       Con sumo cuidado la colocamos en una camilla y nos metemos en la ambulancia. Durante el traslado limpio la herida de la cara y la sangre que se extiende por su oreja. En ese momento me doy cuenta: ¡Lo que tomamos por masa encefálica no es más que… ¡el sonotone!, que asoma descolocado y sucio de tierra y sangre.
      Trasladamos a la paciente en la ambulancia al hospital más próximo. No tiene lesiones de gravedad y nada roto. Múltiples magulladuras. 

domingo, 1 de julio de 2012

EL LÍMITE DE LA OBEDIENCIA



Hortensia es una de mis 16 pacientes esta tarde. Es una mujer vital, extrovertida, que lleva varios días ingresada en la planta de cirugía en la que trabajo.
           Esta mañana tiene la glucemia muy alta, es hipertensa y sus cifras de tensión están por encima de lo permitido. Además, presenta dificultad respiratoria y está angustiada. Su saturación está por debajo de lo normal.
Como cualquier enfermera, cuento con un título que me confiere una cualificación profesional, es decir, conocimientos. Además, cuento con unos cuantos añitos de experiencia. Sumado a esto, tengo la ventaja de que conozco a Hortensia desde su ingreso y he tenido tiempo de leer su historial clínico. Sé de la propia dueña su historia y evolución. Por tanto, no me asusta la situación que observo. Tranquilizo a la paciente y actúo en consecuencia con los recursos que cuento y dentro de mis atribuciones, aplicando las primeras medidas.
            Una vez atendida, aviso al cirujano responsable para ponerle al tanto de la situación y de las actuaciones llevadas a cabo. En ese momento está en el quirófano, se muestra conforme con las medidas tomadas y me comunica tras escucharme que, dado que va a entrar a operar, avise al internista de guardia para que se haga cargo de la situación.
            Una vez cuelgo el teléfono, compruebo de nuevo el estado de Hortensia. La paciente está mucho más tranquila, sus constantes se han normalizado y la situación está controlada, por lo que decido no avisar al internista.
            Unas horas después, la mujer sigue estable cuando el cirujano responsable acude a visitarla. Sin embargo, se muestra molesto conmigo y afirma que debía haber avisado al internista como me ordenó. En ese momento soy capaz de responderle que con mis conocimientos y preparación me considero suficientemente preparada y amparada por la ley como para decidir no avisar a ningún otro licenciado especialista y asumir la responsabilidad. Que por mi parte ya había notificado los hechos y la situación de la paciente se había resuelto.
            A mi juicio las preguntas son:
                        ¿Cómo nos ven nuestros compañeros facultativos?
                        ¿Hasta dónde consideran que podemos asumir responsabilidades?
                        ¿Hasta qué nivel nos consideran preparadas?
            Y lo que es más importante:
                        ¿Somos “enfermería” los causantes de la consideración que otros profesionales nos tienen?

martes, 22 de mayo de 2012

UNA SALIDA NOCTURNA Y SOY ENFERMERA


Esta Historia me la cedió una compañera Castellana, afincada en Asturias, a la que tengo mucho aprecio y valoro tanto como personal como profesionalmente. Gracias S.B.

      Son tres amigas, enfermeras, de la misma promoción y están de vacaciones en Asturias. Acaban de cenar y buscan un bar de copas con buena música para rematar la velada. Llegan a un pub de moda. Está medio vacío, aún es pronto. Las tres reparan en una pareja que discute en la barra. “Problemas de amores”, seguro, la eterna pelea, comentan. Piden algo de beber mientras conversan al ritmo de buena música. Al cabo de una hora se van. La pareja sigue sin llegar a un acuerdo pero no parece que sea nada grave.

      Al cabo de un par de horas deciden retirarse al Hotel.       
Pasan por el primer garito, que es donde quedó el coche aparcado. Al acercarse observan una joven que les grita alarmada pidiendo ayuda. Es la chica de la pareja que discutía. Acuden corriendo. El muchacho está sentado en el suelo, casi sin conocimiento, en medio de un charco de sangre se agarra torpemente la muñeca derecha envuelta en un pañuelo. La mujer les cuenta que en la discusión se rompió un vaso y el chaval se cortó accidentalmente. Al examinar la herida se aprecia claro por el sangrado que se ha seccionado 
una arteria. Es preciso trasladarle cuanto antes a un Hospital. 


Ha perdido ya mucha sangre, está pálido y a duras penas mantiene la consciencia. Le hacen un torniquete improvisado con lo que tienen a mano (una goma del pelo y un palo que gira para  mantener la tensión). Entre las cuatro le meten en el coche.

      Lorena aprieta con fuerza la herida. Susana trata de mantenerle despierto haciéndole preguntas. Así al mismo tiempo, comprueba el grado de consciencia y orientación del muchacho. Nerea conduce mientras trata de tranquilizar a la novia, a la que han sentado delante porque está demasiado nerviosa.
      Deciden ir al Centro de Salud. Susana conoce la zona y sabe que es el centro sanitario más cercano. El tiempo corre. Llegan enseguida. No tienen que esperar nada y les ayudan a poner al chico en una camilla. El médico sabe qué hacer y organiza el trabajo. La enfermera del Centro es muy joven, ha terminado sus estudios hace nada y se muestra algo insegura. Susana toma el control y canaliza dos vías venosas sin casi mirar. Así deja que la titular avise a una ambulancia medicalizada para trasladar al paciente a un Hospital lo antes posible. Para Susana nada de esto es nuevo, tiene años de experiencia detrás. Aquello se convierte en un auténtico concierto de trabajo en equipo. Mientras le toman las constantes cambian el torniquete por un manguito de presión. Comprueban el alcance de la herida, estabilizan al paciente. Está pálido, débil, mareado, pero no pierde la consciencia y el sangrado se mantiene controlado.

      Enseguida llega la ambulancia. Se lo llevan al hospital, está estable. La novia se deshace en agradecimientos. Sabe que si aquellas tres chicas no llegan a aparecer, podría estar ahora lamentándolo. La enfermera del Centro de Salud está contenta y también agradecida. Con el tiempo sabe que llegará a desenvolverse con soltura.
Las tres amigas se van al hotel, satisfechas, exhaustas, nerviosas aún, con una anécdota nueva que contar. A veces pasa, menos mal que pocas.




miércoles, 11 de abril de 2012

EL EFECTO TERAPÉUTICO DE UNOS BACHES

Era un Centro Rural. Atendíamos 5 pueblos y una aldea. Las guardias eran de 48 horas. Aquella acababa de empezar.

Llegó  a consulta un hombre mayor acompañado de una mujer aún más mayor. Era su madre y se encontraba mal. Hicimos todo lo posible más todo lo que se nos ocurrió con los recursos disponibles en el centro. No se detectó nada anormal. Aparentemente todo estaba bien. Mi compañero facultativo iba a hacer un informe y a mandar a casa a la paciente.

No sé por qué razón, pero a mí algo no me cuadraba. Quizá el tono de piel de aquella mujer, no sabría explicarlo. Pero como tenía confianza en mi compañero, le advertí:

.- Francisco, esta mujer nos da un susto. No sé, pero yo no la veo bien.

De modo que decidimos trasladarla en la ambulancia a la capital. 45 km de distancia. Una carretera plagada de curvas y baches. Avisamos al conductor asignado que llegó enseguida. Mi compañero le dio instrucciones precisas antes de salir.

.- Pase lo que pase no pares hasta llegar al hospital. Date prisa pero ten cuidado.

Así que la buena mujer tumbada y su hijo sentado a su lado, ambos perfectamente acomodados y asegurados en la parte de atrás del vehículo, partieron hacia el Hospital más próximo.

Más tarde nos contaron toda la historia entre el conductor y el médico de Urgencias del Hospital.

 Hacia la mitad del trayecto, el hombre comenzó a golpear frenéticamente el metacrilato que le separaba del conductor gritando:

.- Pare, pare, mi madre está muerta!!!! No respira!! No tiene pulso!!!

Nuestro conductor, fiel a las instrucciones recibidas, trató de tranquilizarle recordándole que enseguida llegarían al hospital, pisó pedal y no paró hasta llegar a Urgencias.

Una vez allí les estaban esperando. Nosotros ya habíamos avisado. Les atendieron muy rápido. La mujer llegó viva. Su hijo no podía creerlo y ante su insistencia indagaron sobre la historia. La conclusión fue que la pobre mujer pudo tener una parada cardíaca a mitad del traslado. Los baches y las curvas del camino provocaron tal traqueteo que pudo servir de masaje cardíaco. Una especie de RCP improvisada.

        Días después, la mujer abandonaba el Hospital con tratamiento y convaleciente, pero viva. Volvieron a visitarnos al Centro y nos contaron su experiencia. Una anécdota curiosa que  esta vez terminó bien.

jueves, 8 de marzo de 2012

TRISTE DESENLACE

                Trabajé en un Centro Rural en Andalucía. Cubríamos varios pueblos y aldeas. Teníamos un coche para hacer avisos. Hacíamos guardias de fin de semana de 48 horas y componíamos el equipo; un médico, un conductor de ambulancia localizado y una enfermera.
               Eran las 7 de la tarde aproximadamente cuando nos llamaron por teléfono. Un paciente psiquiátrico llevaba varios días sin tratamiento y con ideas suicidas. Estaba muy alterado y agresivo y había tratado de matarse metiéndose en un pozo. En ese momento teníamos varios pacientes en la sala de espera del Centro de Salud, de modo que mi compañero médico, decidió que no convenía que acudiésemos juntos al aviso. Yo iría sola y él se quedaría a resolver los problemas de salud de la gente que esperaba. Me dio instrucciones y partí.
               Tardé poco en llegar al domicilio. La mitad de los habitantes del pueblo ya me esperaban. Había corrido la voz. Me indicaron el lugar y me acompañaron. Entré. El espectáculo era dantesco. Una estantería tirada en el suelo, cacharros rotos, libros esparcidos, muebles descolocados, el televisor hecho añicos. Una lámpara destrozada por el suelo. Signos de violencia. Sentí palpitaciones y cómo el miedo  se metía en mi cuerpo. No podía irme,  medio pueblo me acompañaba. Respiré profundo y entré hasta dentro. Armada con mi maletín simulé un control y una seguridad que estaba lejos de sentir.
               Al fondo estaba el patio interior. Cuadras, conejeras, cochiquera y gallinero. En el centro casi del patio, un pozo más bien estrecho.
.- ¿Dónde está el paciente?
.- Le tenemos encerrado en la porquera!!!
               Observo que las puertas están trancadas con una barra de hierro. No puede salir, golpea desesperado la puerta con gran energía. Grita, insulta y amenaza. No le he visto y ya imagino la fuerza que tiene. Me cuentan que pesa unos 100 kilos (necesito saber su peso para calcular la dosis de sedante que he de ponerle). Efectivamente, ese es el pozo al que ha intentado tirarse, pero no lo ha logrado porque no cabía;
.- ¡Es porque está muy gordo!  me cuenta su hermano.
               Llamo por teléfono a mi compañero al Centro de Salud. Le cuento la situación. Historia clínica del paciente, tratamiento, peso etc. Me da instrucciones. He de administrar un calmante fuerte para poder trasladar al paciente. Juntos calculamos la dosis.
              Cinco hombres, los más fuertes y el conductor de la ambulancia que acaba de llegar están ya listos. Abren la puerta de la porquera y el paciente se nos echa encima sin control, agresivo, rabioso, los ojos inyectados en sangre. Solo quiere huir, pero se defiende cuando intentamos controlarle. Presenta un delirio florido, está en plena crisis. Todos sudan con el esfuerzo. Son momentos de gran tensión, pero al final conseguimos contenerle. Administro el inyectable vía intramuscular a través de la ropa. Es imposible bajarle el pantalón siquiera unos centímetros. Esperamos a que el fármaco haga su efecto. Tras un tiempo que se nos antoja eterno advierto cómo las fuerzas comienzan a fallarle. Se va tranquilizando, notamos cómo se relaja. Compruebo su estado, que esté estable, que su vida no corra peligro, que esté seguro y confortable. Le montamos en la ambulancia y le enviamos al hospital. Atiendo a su madre y a su hermana. Están al borde del histerismo. Regreso al Centro de Salud Rural exhausta, aterrorizada, impresionada, me cuesta calmarme.
               Unos meses después dieron de alta al paciente que volvió a casa. Los primeros días de su ingreso en un Centro Psiquiátrico nos cuentan que estuvo deprimido y se negó a comer. Adelgazó 15 kilos. Luego pareció resignarse y centrarse. Estaba más animado, por fin tomaba la medicación. No verbalizaba ideas suicidas. No parecía haber peligro y le dieron el alta. Regresó a casa y en un descuido volvió a intentar colarse en el pozo. Había adelgazado, ya cabía por el agujero así que consiguió su propósito y murió.
               Aún no soy capaz de sacar conclusiones. ¿Qué pasó? Y ¿Por qué cuando lo recuerdo me afecta?

domingo, 19 de febrero de 2012

VAYA NOCHECITA EN UROLOGÍA

      Esta experiencia no es mía, nunca estuve en esta planta. Pero todas las experiencias merecen ser contadas y más cuando no son aisladas. Conocerlas nos enriquecen. Gracias a mi compañera y muy amiga Miriam Gallego por dejarme contarla.


       Es la planta de Urología y Siria está de enfermera de noche. Es día de diario. Ha habido varias intervenciones. Al menos tres pacientes tienen lavados vesicales contínuos. Cada diez minutos más o menos, un cambio de bolsa. Bajo riesgo de obstrucción, sangrado y otras complicaciones.

               
       En la misma planta está el módulo de custodia. Dos presos, mala suerte. Llevan años pidiendo una segunda enfermera por las noches, en teoría no debía haber problema. Defensa tiene presupuestada una cuando los reclusos son ingresados en el hospital, pero ya se sabe, el que está en el despacho no conoce la trinchera.

                Durante la noche es un no parar de paseos, medicación, cambio de bolsas. La noche se presenta larga y cansada. A las 3 de la mañana un aviso del módulo de custodia. Uno de los presos se queja de dolor en el pecho. Siria acude diligente. Está preocupada y lo comenta con su compañera Ana. Debe avisar al médico de guardia, y aprovechar el tiempo adelantando trabajo. Pruebas como Electrocardiograma, glucemia, tomas de constantes etc . Para ello debe desatender el resto de la planta, que quedará bajo el cuidado de Ana, que es Auxiliar de Enfermería o T.C.A.E. Técnico en cuidados auxiliares de enfermería. Por lo tanto, Siria primero avisa a la Supervisora de guardia porque aún sin sentarse y dentro del módulo de custodia no oirá los timbres de la planta de Urología. 

Lleva el carro de electros y el resto de aparataje al módulo de custodia mientras Ana avisa al internista de guardia. Entre tanto, los pacientes de la sala demandan atención, los familiares salen al pasillo a ver qué ocurre. Da la sensación de que son las 12 del mediodía por la luz y el jaleo.
Llega el internista, da las instrucciones pertinentes, EKG, Glucemia, TA, Frecuencia, Temperatura, que ya están hechos y los datos registrados. Analítica, vía venosa… Todo esto a carreras y sin parar. 
Siria cree que el tiempo no pasa, pero ya se acercan las 6 de la mañana. Quedan de hacer las analíticas del resto de pacientes, poner termómetros, medir diuresis, drenajes, hacer balances. Administrar tratamientos…. 

      Por fin, parece que el preso está bien, tan solo una crisis de ansiedad. Los resultados de las pruebas normales. El internista comenta .-“Será por la falta de tabaco”
               
        Llegan las 7:30 de la mañana y casi, casi, todo está hecho. Queda registrar, hacer memoria, que no se olvide nada. Ni un café, ni media hora sentada. En el último momento se obstruye una sonda y hay que hacer lavados manuales. No sabe ya si las piernas son suyas y las manos resbalan, pero tras un litro de suero entrando y saliendo por la sonda el paciente dice .- “Ay, me diste la vida”

                
      Llega la compañera, y a las 8:15, mientras acaba de registrar, va contando los pormenores. Y eso que hay direcciones que están contra el cambio de turno verbal, dicen que sólo sirve para el chismorreo. Por fin termina, está cansada, sentarse y estirar las piernas será como tocar el cielo.

                
      Pero merece la pena, una frase agradable tras una noche perra. No sé si en la trinchera, pero sí en una batalla. Una batalla de 22 a 8 de la mañana. Prueba superada!”

jueves, 2 de febrero de 2012

ACCIDENTE IN ITINERE

      Océano es enfermera quirúrgica. Lo es desde que empezó a trabajar. Tiene dos hijos pequeños y un marido al que adora, aunque apenas le ve porque su trabajo le mantiene apartado de casa demasiado tiempo. Vive bastante cerca del hospital. No le merece la pena coger el autobús, va andando porque así hace un poco de ejercicio y siempre hay alguien con quien coincide en el trayecto.

      Hoy, emprende el camino de vuelta con dos compañeras. Van muy enfrascadas en una amena conversación sobre recetas. Caminan relajadamente por la acera. Entre ellas y la carretera hay un espacio de aparcamiento en línea que por las mañanas está lleno pero que a estas horas va quedándose vacío.

   
   

       En unos segundos, apenas se dieron cuenta de lo que ocurría, un turismo invadió la zona de aparcamiento. No iba muy rápido, quizá por eso no se alarmaron. Se subió a la acera y arrolló a Océano. Se la llevó enganchada en el capó unos metros. Luego salió despedida otros tantos y quedó tendida en la acera inconsciente. Sus compañeras asistieron impotentes y atónitas al suceso.

      Estaban a muy poca distancia del hospital. Apenas 50 metros. Rápidamente, alguien dio la alarma. El conductor se acercó consternado, las compañeras abatidas y nerviosas. Llegó la ambulancia. Océano recuperó el conocimiento. Fue trasladada de nuevo al hospital, de donde había salido de trabajar por su propio pie hacía escasos minutos. Fractura de meseta tibial. Una intervención quirúrgica. Un mes sin poder doblar la rodilla. Tres meses sin apoyar la pierna y un tiempo añadido de aprender a caminar y recuperar la masa muscular que perderá. Sumemos dolor, malestar, invalidez... Más todas las actividades que Océano realizaba, que han quedado pospuestas. Hijos, casa, todo debe ser reorganizado. Recurrir a familiares, amigos, quizá pagar por alguna ayuda doméstica que va a necesitar.

      Fui a visitar a Océano porque es y ha sido mi compañera mucho tiempo y le tengo mucho aprecio. Cuando le preguntas ella solo repite un detalle que no puede olvidar. ¿Sabes Sonia? El conductor del turismo que me arrolló vino a verme y me dijo que la culpa de todo la tuvo un camión que en ese momento venía de frente y le asustó y que no debo quejarme porque he tenido suerte  y lo que me pasa no es nada. Ni "lo siento", ni "perdona", ni "no fue mi intención".

      Tanto nos cuesta decir una palabra amable, una de aliento, un "lo siento", un "perdón". ¿Dónde fueron a parar esas palabras? ¿Ya no están en nuestro vocabulario? Qué poco conscientes somos del efecto que puede producir decirlas... o no.

     

viernes, 20 de enero de 2012

INCENDIO EN EL HOSPITAL

      La tarde transcurrió tranquila. Sin incidencias extraordinarias. Mucho trabajo, pero todo normal. Fue pasadas las 9 de la noche cuando comenzó el movimiento.

      Una paciente entró al control corriendo. Estaba alarmada y gritaba.- ¡Nos quemamos!, ¡Nos quemamos!, ¡Se quema todo!
      Estábamos dos enfermeros. Terminábamos de registrar en las Historias clínicas y de preparar el parte que daríamos a la enfermera de noche.- ¿Qué pasa? ¿Qué dices? ¿Dónde?
      .- Arriba, arriba! ¡Se quema todo!

      En el piso superior estaban los dormitorios. Subimos la escalera y empezamos a notar el humo cada vez más denso y negro. No sabíamos dónde estaba el origen.
      Sin embargo, en seguida nos pusimos de acuerdo. Ya habíamos simulado aquello otras veces, aunque esto, tan real, era bien distinto. Dimos la alarma para que desde centralita avisaran a los bomberos. Cortamos la luz y el ascensor tras comprobar que no había nadie dentro. Hicimos recuento de pacientes y les instamos para que salieran todos al patio con orden. Comprobamos quién quedaba dentro y no podía salir. Por las ventanas del patio les indicábamos que cerraran la puerta del dormitorio y pusieran toallas húmedas en las rendijas para que no les entrara el humo y que se mantuvieran cerca de las ventanas.

      Enseguida llegaron los bomberos. Los que estaban en el patio les recibieron con aplausos. Les explicamos la situación. Cuántos pacientes había en el edificio y dónde. Tuvimos entonces la primera sorpresa desagradable. El edificio era muy antiguo y tenía barrotes en las ventanas a fin de proteger a los pacientes de caídas, pero estas estaban encastradas en la fachada. Se tardaría mucho en retirarlas.

      Habilitamos el gimnasio para reunir a todos y hacer recuento nuevamente. Parte del personal se hizo cargo, tranquilizando a los más nerviosos. Otros dos compañeros se ocuparon de entretener y acompañar a los que estaban encerrados. Era un primer piso y desde el patio les veíamos y nos oían bien. Una de las pacientes utilizaba silla de ruedas, era la más nerviosa. Lógico, se veía incapaz de huir y en riesgo mortal.
      Mientras, los bomberos trataban de apagar el fuego accediendo por las escaleras.

      Al final, tres pacientes con intoxicación por CO2 que tuvieron que ser hospitalizados. A la semana regresaron con nosotros. Tan sólo una paciente con quemaduras de primer y segundo grado en manos y cara. Ella fue la que originó el fuego al "despistar" un mechero y fumar un cigarro en la cama, lo que provocó que se quemara su cuarto. Se produjo las quemaduras al intentar sofocar el fuego.


      Hechos como este son poco frecuentes. Pero no por ello debemos estar menos preparados. Mantener la calma, saber qué hacer, un plan de emergencias y edificios seguros son la base para que todo quede en un susto. En nuestro caso se retiraron los barrotes encastrados y se pusieron verjas articuladas cerradas con candados. También se construyeron escaleras y salidas de emergencia.
      A veces tiene que pasar algo para que las cosas mejoren.


ENLACES DE INTERÉS:

martes, 27 de diciembre de 2011

URGENCIAS: ¡MINHA FILHA!

      No llevaba mucho tiempo, aunque sí el suficiente para manejarme con cierta soltura. Incluso para, algunas veces, hacerlo bien casi sin pensar. Así que ya tenía cierta confianza, me sentía más segura.

      Hasta que oí los gritos. Aquellos gritos:
.- Minha filha!!!! Minha filha!!!!

      Por la puerta entraba un chico joven, desencajado, con un uniforme de guardia civil de tráfico. En sus brazos traía un bulto envuelto en una manta marrón oscura, áspera, vasta, de esas que usan los militares.
Detrás iba la dueña de las voces. Una mujer desesperada, histérica perseguía al muchacho. Le agarraba a ratos, lloraba, gritaba….- Minha filha, mina filha!!!!
     
      Le indicamos al guardia que dejara la niña sobre una camilla. Abrimos la manta. Un espectáculo terrible. Una cría de 4 años más o menos. Blanca, pálida, descolorida. Los ojos semicerrados, la mirada ausente. Un gran golpe en la frente, una herida abierta, el cráneo a la vista y masa encefálica sucia, rota, dispersa.

      La madre se abrazó a su hija. Nos agarró a nosotras. “mina filha!! Mina filha!!” Se agarró a mí. Le abracé. La aparté de allí. Una compañera se hizo cargo de ella.

      Participaba como una autómata. Era prioritario revivir a la niña,  órdenes, prisas, ir y venir de la gente, las malas noticias. Hacíamos lo que podíamos incluso más. No respondía. Nos desesperaba, pero no abandonaba nadie.  Aquello duró bastante tiempo. Hasta que alguien nos mandó parar. ´
.- Las lesiones son muy graves!. No responde, es inútil!. 
      Salí de allí.

     Me encontré con aquella mujer. Me miró traspasándome. Le ofrecí una infusión. Ni me entendió. Rezaba mientras se agarraba a mi brazo. No me dejaba ir. Luego llegó su marido, también aparentemente ileso y se abrazó a él. Venía acompañado de otro guardia. Justo a tiempo, porque el médico salía ya para informar de la fatal noticia. No se había podido hacer nada por la niña. Había ingresado muerta. Fue imposible reanimarla. Las lesiones eran muy graves.

      Iban de vacaciones. Entonces no había cinturones en los asientos traseros. La nena cantaba alegre, de pie entre los asientos de sus padres. Un frenazo hizo que saliera despedida por la luna delantera que rompió con su cabecita.

      Acompañé a sus padres a despedirse de ella. Nunca la olvidaré allí tumbada, tan menuda y delgadita, tan pálida. Un anillito de oro en su dedo corazón. Al menos diez pulseras de colorines en sus muñecas. Y aquella zapatilla rosa de margaritas.

Primer día en MEDICINA INTERNA!!! Parte II


http://www.paratucoleccion.com

      Pasó la tarde. Llegué al final. Todas las tareas 
quedaron hechas. Registré y di el parte a la 
compañera. Al final, como siempre, el trabajo sale adelante. Di lo mejor de mí. Conseguí no desesperarme. A ratos se me borró la sonrisa, siempre intenté recuperarla…

      Pero me fui a casa en estado de “shock” ¿Qué había hecho? ¿Me dejé algo sin hacer? ¿Me dio tiempo a mirar a los ojos de algún paciente? ¿Pude disponer de los míos para observar?

      Tenemos que priorizar cada vez que acudimos al trabajo. Decidir qué hacer primero, a veces sabiendo que no llegaremos a todo.

      Decidimos hacer lo más urgente, olvidando que también hay cosas importantes (lo que nos hace enfermeros y enfermeras). 

      La nuestra es una profesión de larga historia de subordinación. Nos cuesta anteponer nuestras funciones propias a las puramente delegadas, valorar, planificar, cuidar, diagnosticar, tomar decisiones, registrar…

      Es muy importante cumplir, obedecer. Que el paciente nunca quede desatendido, primar su salud y bienestar. Pero no debemos olvidar nuestra identidad profesional. Hará mejor nuestro trabajo, mucho más valioso, de mayor calidad, nunca supondrá dejar al paciente sin atender; más bien al contrario, quedará más satisfecho y nosotros también.

martes, 13 de diciembre de 2011

Primer día en MEDICINA INTERNA!!! Parte I

      El primer día en Medicina Interna fue demencial.
      No tuve tiempo de ir unos días antes a situarme (ver dónde estaban las cosas que podrían hacerme falta, normas, plan de trabajo, procedimientos, protocolos...) Así que llegué pronto a mi turno de tarde. Con una cara de "pardilla" que se estaba haciendo habitual en mi.

      Mis compañeras me recibieron bien, expectantes, amables, pero estudiándome a ver si yo era de las que pueden con todo o no duraría ni medio telediario. Me invitaron a tomar un café, tuve que declinar el ofrecimiento viendo lo que se avecinaba. Hice bien y veréis por qué.

      En primer lugar me dieron "el parte" contándome las incidencias más destacables de los 17 pacientes cuyos cuidados me correspondería "asumir".  Y direis .- ¿Cómo leches se queda uno con toda la información? Fácil!!!!! Una libreta, un boli y la cara de pardilla agobiada. Te apuntas lo importante aún sabiendo que quizá no tengas ni tiempo de releerlo. Pero tranqui, que luego te servirá para algo...

      Enseguida me puse a preparar la medicación de la tarde (más bien como una loca). Comprobando y recomprobando lo que hacía. Paciente por paciente, hora por hora; la medicación oral, la intravenosa... En esta bandeja los aerosoles, en esta otra las glucemias. Aquí lo de las 16, lo de las 17, lo de las 18, las pastillas de la cena, el antibiótico de las 21........
      A las cuatro mi compañera empieza a administrar sus tratamientos. Ella sí vino a su hora, tomó su café, conoce a sus pacientes, se sabe los tratamientos. Yo estoy empapada en sudor.

      En esto que se oyen unas voces, golpes, amenazas, tumulto. Me asomo al pasillo. Veo a mi compañera que acude. Yo tengo mucho que hacer, hay que priorizar, le dejo el asunto a ella. Si me necesita, ya me avisará. Hay más personal. Sigo con lo mio. Más voces, más tumulto, vienen al control, se encierran en la salita. Siento una enorme curiosidad, pero no tengo tiempo de atenderles.

16:45 horas. Por fin empiezo a administrar tratamientos. Es tarde, voy habitación por habitación. Doy lo de las 16 h y lo de las 17 h a la vez. Me presento, "buenas tardes", procuro no perder la educación ni la amabilidad. Los pacientes y sus familiares me preguntan:
.- ¿Es nueva? ¿Esta pastilla es mía? ¿La tengo que tomar ahora o después de la merienda? ¿Sabe si al final el médico me cambió el tratamiento esta mañana? ¿Cuando piensa que me darán el alta? ¿Qué tal salieron mis pruebas esta mañana? ¿Para cuánto tiempo tengo de estar aquí?.....
      Doy respuestas rápidas, trato de ser amable siempre, llevo un carrito con historiales, consulto y respondo lo que puedo, procuro tranquilizar, no avanzo, veo que no voy a terminar a tiempo para dar lo de las 18 horas a su hora.

.- Señorita! mi suero no va bien!. Pues a mi me duele el brazo!. Oiga, que he vomitado toda la comida!. Enfermera, encuentro a mi padre muy alicaído! ¿Qué opina Vd? ¿Qué puede ser? Señorita! ¿Ha estado mi abuelo en rehabilitación esta mañana? -. Respondo lo que puedo, lo que no, lo apunto. Prometo volver con la respuesta.

      Cuando por fin termino, regreso al control. Tengo tantas cosas nuevas que hacer... Muchas más que cuando empecé a hacerlas.... la libreta llena. Recompruebo los tratamientos en los que el paciente dudaba. Investigo... ¿Por qué la Señora de la 7.1 ha vomitado? ¿Fue el enfermo de la 10.2 a rehabilitación esta mañana? ...

      Aparece mi compañera: .- Mira hija, que han discutido en la habitación 17 y he tenido que llamar a la supervisora para que venga, porque en el tumulto hay implicadas dos trabajadoras. Pero tu tranquila, que yo me ocupo del asunto.
Mi cerebro hace la traducción simultánea.- Ni podrá resolver mis dudas, ni echarme una mano si me ahogo, sino más bien al contrario...

¿Sobreviviré????
A ver...

                                          

domingo, 27 de noviembre de 2011

URGENCIAS: FUEGOS ARTIFICIALES

     
La primera vez fue terrible. .- Mañana empiezas en Urgencias!!
Sólo el nombre me imponía. Pero tenía tantas ganas de probarlo....
Me imaginé que aquello sería como una película de acción (vale, era joven, entusiasta, tenía pocas experiencias negativas).


      Recuerdo el día en que Carmen entró por la puerta. Un barullo enorme, tanta gente alrededor y aquella mujer con la cara ensangrentada....


E Viguée Lebrun Autorretrato  con su hija
      Eran carnavales. Aún ahora recuerdo que no llegué a enterarme  bien de cómo ni por qué había sucedido. Lo cierto es que le habían reventado unos petardos en la cara accidentalmente. 
      
      Le faltaba toda la mandíbula inferior, parte de la lengua, los dientes de la mandíbula superior estaban rotos, sueltos o faltaban y los labios eran jirones de carne sanguinolenta. No parecía sentir dolor. Tenía los ojos muy abiertos, con gesto de enorme sorpresa, interrogantes. Las manos también abiertas a ambos lados del cuerpo como pidiendo explicaciones. 

sábado, 19 de noviembre de 2011

EL PABELLÓN DE LA EXPERIENCIA

      En la sala de crónicos encontré mujeres mayores que llevaban allí casi toda su vida. La mayoría llegaron de niñas, con historias sociales tristes, tiernas, dolorosas, dramáticas... En algunos casos fue un hecho traumático el que desencadenó el desarrollo de la enfermedad mental. Otras fueron abandonadas y el hospital o la diputación (beneficencia) se hizo cargo de ellas.



      Angelita vivía con su familia en una granja, donde desde bien pequeña, ayudaba en las tareas. Como cada mañana se dispuso a dar de comer a los cochinos del cubo que había preparado su madre con pienso, mondas de patatas y otros restos de comida. Aquél día los cerdos estaba nerviosos y Angelita se extrañó de que le hicieran poco caso. Al acercarse a investigar, descubrió horrorizada un feto humano parcialmente devorado. Angelita nunca volvió a ser la misma y su familia hubo de internarla en un centro. Angelita ingresó con 12 años y cuando cumplió la mayoría de edad, decidió quedarse y no enfrentarse más al mundo. El hospital es su mundo y su familia. Allí trabaja y colabora. Siempre ha vivido allí.


      A Rosario le recogieron en una casa abandonada, donde malvivía con otros miembros de su familia. Estaba sucia, enferma y con el cuerpo lleno de mordeduras de rata. Era una niña rara, apenas hablaba y parecía más un animal que un ser humano. Ingresó en el psiquiátrico y nunca quiso abandonarlo. Allí se ha sentido siempre en casa. Limpia, caliente, con las necesidades básicas cubiertas. Rosario no habla, pero es animosa, solidaria y trabajadora. Sólo cuando se le tuerce el día es mejor no cruzarte en su camino. A pesar de los años gasta un mal genio....


      Como estas, muchas otras historias sociales terribles, conmovedoras. Mujeres que formaban parte de la unidad de Santa Micaéla. Algunas llevan tanto tiempo juntas que ya son una familia. Y nos acogen y nos adoptan cuando vamos a trabajar. Porque por más tiempo que llevemos allí, ellas siempre llevan más. Y por más nuestro que hagamos el botiquín, el hospital les pertenece a ellas...


      Mucho que aprender, mucho que escuchar, mucho que leer, mucho que agradecer. ¡Qué contar de este contrato!... Me llevé el corazón cargado de emociones. A algunas de estas mujeres solo les acompañé los últimos momentos. A todas las llevo conmigo y procuro no olvidarme. Como en todas partes tenía mucha labor, mucho trabajo, muchas tareas, pero fue uno de esos trabajos en los que obtuve con diferencia, mucho más de lo que daba. Cien veces por lo que yo les entregaba...


Me gustaría compartir con vosotros un vídeo "El valor de las palabras" que seguro que ya conocéis, pero que no deja de emocionarme.



lunes, 14 de noviembre de 2011

LA UNIDAD DE ADOLESCENTES: YO TRABAJÉ EN UN PSIQUIÁTRICO(II)

      


      Yo creo que estaba en el lugar correcto y en el momento oportuno. Porque se decidió crear la unidad de Adolescentes y pude formar parte de ella.


      Componíamos el equipo multidisciplinar; un psiquiatra, una psicóloga, siete auxiliares en turno de mañana, tarde y noche, una trabajadora social y una enfermera. Colaboraba con nosotros una maestra voluntaria, que acudía una vez por semana para ayudar a quien estudiaba e instruir y educar un poco a quien se dejaba. También acudían voluntarios que nos acompañaban en las salidas en grupo a la piscina, al cine, de merienda, de paseo etc.

jueves, 10 de noviembre de 2011

YO TRABAJÉ EN UN PSIQUIÁTRICO (I)

Pues sí, me ofrecieron un contrato largo y aunque luego no me iba a valer como puntos para la administración ya que se trataba de una entidad privada, se comentaba que era fácil que te hicieran fijo, así que acepté.

Ya tuve un breve contacto con salud mental durante mis prácticas. La verdad, no era una especialidad que me gustara. Dudaba de mi capacidad, pero otros motivos inclinaban la balanza. Como profesional capacitado para cualquier cosa, allí acudí.

domingo, 6 de noviembre de 2011

ENFERMERA SATÉLITE

Hay gente que cuando empieza a trabajar, como decimos entre nosotros "pilla un hueco y de ahí no lo mueven". A mi nunca me pasó. Y eso que he trabajado en muchos sitios...
Pero esta vez hablaré de mi experiencia en un hospital en el que formé parte de la archiconocida "plantilla volante" o "enfermera satélite".

La cosa funcionaba así.